R. L. y la acumulación primitiva permanente



La menos eurocéntrica de todos

La civilización burguesa imperialista está en un callejón sin salida.
De esa situación no debemos participar los sudacas de bajas latitudes y adyacencias.

Mário Pedrosa, Discurso a los tupiniquines o nambás, 1975

 

Por Isabel Loureiro*

RosaLLa acumulación del capital, de Rosa Luxemburgo (1913), fue criticada por varias generaciones de economistas. Incluso aquellos que simpatizan con sus ideas admiten que su solución para los problemas de la teoría de la acumulación de Marx no resulta convincente. Aun así, otras lecturas dejan de lado las equivocaciones técnicas y teóricas de la obra para enfatizar que Rosa Luxemburgo fue la primera teórica marxista en entender el capitalismo como un sistema mundial. Desde esta perspectiva, ella aparece como la teórica que por primera vez les asignó un lugar estable en la civilización occidental a los países de la periferia del capitalismo, no solamente como fuente de acumulación primitiva del capital sino también porque  –desde la época colonial hasta ahora–  han sido un elemento imprescindible del desarrollo capitalista mundial.

Esa nueva mirada fue reconocida en América Latina, en la década del 70, por intelectuales marxistas no estalinistas, quienes se dieron cuenta de que Rosa Luxemburgo había tenido una intuición original (que no desarrolló) al enfatizar la unidad dialéctica entre metrópolis y periferia: el sistema capitalista mundial, en su proceso de constitución histórica, generaba el subdesarrollo en la periferia como un aspecto complementario del desarrollo en los países centrales. En este sentido, ella habría anticipado sesenta años las conclusiones a las que llegó la teoría de la dependencia.

La gran originalidad de Rosa Luxemburgo (ignorada durante el siglo XX por el marxismo ortodoxo) consiste en haber percibido que “el saqueo de los países coloniales por el capital europeo” -según Marx restringido al período de la “acumulación primitiva”-, es una característica del capitalismo mismo “aún en su plena madurez”.[1] En sus palabras: “(…) ya no se trata de acumulación primitiva, sino de un proceso que se sigue produciendo hoy en día. (…) El capital no conoce otra solución que no sea la de la violencia, un método constante de la acumulación capitalista en el proceso histórico, no solamente en su génesis, sino también hasta hoy. Para las sociedades primitivas, sin embargo, se trata en todo caso de una lucha por la sobrevivencia: la resistencia a la agresión tiene el carácter de una lucha de vida o muerte llevada hasta el agotamiento o la aniquilación”.[2]

Así, Rosa Luxemburgo cree haber encontrado en las leyes de la acumulación del capital las raíces económicas del imperialismo que, a su entender, “no son más que un método específico de acumulación”.[3] Como bien lo formula Paul Singer, para quien la posición de Rosa Luxemburgo es diferente a la de Lenin: “Para ella, el imperialismo no es una fase del capitalismo; es, desde siempre, una característica central del mismo capitalismo. Desde el inicio, el capitalismo necesitó ganar mercados externos para tener la razón de ser de su propia expansión. El capitalismo se expande por medio del Estado, de la conquista, y transforma economías naturales no mercantiles en economías de mercado. (…) Este tipo de interpretación es, desde mi punto de vista, extremamente fecundo e interesante para analizar un país como Brasil”.[4]

La posición de Rosa Luxemburgo a favor de los países periféricos –según Mário Pedrosa,“el espíritu menos Europa-centrista de todos”[5]– fue uno de los factores que estimularon el interés de los socialistas latinoamericanos por su obra. Mientras que, para Marx, el lucro procedente de las colonias era solo un elemento entre otros similares que explicaban la acumulación primitiva, para Rosa Luxemburgo –como se dijo– las regiones no capitalistas cumplieron una función indispensable en el desarrollo de las metrópolis.[6]

Ya en la década del 70, Mário Pedrosa[7] se inspira en esta idea para analizar la crisis de aquellos años, y admite que Rosa Luxemburgo estaba en lo cierto cuando decía que los métodos violentos de la “acumulación primitiva”, combinados con la fuerza del dinero y la corrupción, seguían siendo necesarios para la reproducción ampliada del capital. Ese mecanismo de “acumulación primitiva” -que asocia antiguas formas de expropiación (privatización de la tierra y expulsión de la población campesina, mercantilización de la fuerza de trabajo y supresión de formas autóctonas de producción y consumo, apropiación de recursos naturales, etc.) con nuevos mecanismos de mercantilización en todos los ámbitos- es lo que David Harvey llama “acumulación por expropiación”[8].

Como punto de partida para actualizar la concepción de Rosa Luxemburgo, Harvey cita el pasaje donde ella se refiere a la acumulación del capital como manifestación de dos aspectos diferentes: uno, formalmente pacífico, que se realiza en los “lugares productores de plusvalía”, y otro que se concreta “entre el capital y las formas de producción no capitalistas. Este proceso se desarrolla en la escena mundial. Aquí reinan, como métodos, la política colonial, el sistema de empréstitos internacionales, la política de intereses privados, la guerra.

Aparecen aquí, sin disimulo, la violencia, el engaño, la opresión, la rapiña. Por eso cuesta trabajo descubrir las leyes severas del proceso económico en esta confusión de actos políticos de violencia, y en esta lucha de fuerzas.”[9] Rosa Luxemburgo concluye diciendo, en una parte que Harvey no cita, que la economía y la política están intrínsecamente relacionadas: “En realidad, el poder político no es aquí, tampoco, más que el vehículo del proceso económico. Los dos aspectos de la acumulación del capital se hallan ligados orgánicamente por las condiciones de reproducción del capital mismo, y sólo de ambos reunidos sale el curso histórico del capital”.[10]

Teniendo en mente la observación de Rosa Luxemburgo sobre la permanencia de la acumulación primitiva, Harvey también constata que las prácticas predatorias y violentas producidas en Europa entre los siglos XV y XVIII y descriptas por Marx (la expulsión de los campesinos de sus tierras, la mercantilización de la fuerza de trabajo, el trabajo forzado, el comercio de esclavos, la eliminación de los commons, la extracción del oro y de la plata así como el aniquilamiento de los pueblos indígenas de América y la apropiación violenta de activos –entre ellos los recursos naturales y el sistema de crédito– no se limitan a una etapa originaria del capitalismo, y tampoco son externas al capitalismo como sistema cerrado, como suponía Rosa Luxemburgo (esto es: la violencia resulta intrínseca, cada vez más, al propio proceso de trabajo), sino que forman parte del desarrollo de ese proceso.

Los ejemplos son irrefutables: la expulsión de los campesinos y la formación de un proletariado sin tierra en México y en la India (también en el Brasil) desde los años 70; la privatización de recursos naturales como el agua; la privatización de las industrias; la sustitución de la producción agropecuaria familiar por los agronegocios; la persistencia de la esclavitud (más que nada en el comercio sexual); el sistema de crédito y  el capital financiero, “grandes trampolines de depredación, fraude y robo”[11].

Además, se fueron creando “mecanismos enteramente nuevos de acumulación mediante la expropiación”[12], nuevas formas de privatización de los bienes comunes de la humanidad: las patentes de material genético y de semillas; la biopiratería en beneficio de las empresas farmacéuticas; la destrucción y mercantilización de la naturaleza; la mercantilización de la cultura y de la educación; la privatización de la salud y de las jubilaciones. A esta lista podemos agregarle la “economía verde” con sus mercados de carbono, la fuente más reciente de acumulación primitiva permanente.[13]

La perspectiva de Rosa Luxemburgo adquiere así, en la época de la globalización, una nueva actualidad. La expansión imperialista, que requería la apropiación de regiones atrasadas del globo para transformarlas en zonas capitalistas, fue un proceso que se completó prácticamente en la segunda mitad del siglo XX. Hoy, las nuevas fronteras de expansión capitalista ya no son solamente territoriales (aunque en América latina también lo sean) sino también económicas, con la mercantilización de todo lo que quedó fuera de la esfera de la valorización.

Es contra ese proceso de acumulación por expropiación que los movimientos socio-ambientales en América latina crearon, con enormes dificultades, sus formas de resistencia. Denuncian la simbiosis entre el Estado y las grandes empresas como responsables del saqueo de los medios de vida de las clases subalternas –los pueblos que habitan la selva, los indígenas, las poblaciones ribereñas, los quilombolas, los trabajadores sin tierra, los pequeños agricultores– a favor de la minería y los agronegocios. Es decir: aquello que se denominó, en una lograda síntesis, “consenso de las commodities[14] o “neo-extractivismo progresista”[15].

Los movimientos de resistencia contra la acumulación por expropiación valorizaron las formas sociales tradicionales, y muchos de ellos –como los movimientos indígenas en la América andina– no conciben el desarrollo capitalista como progresista, contradiciendo el modelo de desarrollo socialista tradicional, que apoyaba la modernización forzada aún a costas de terribles sacrificios (por ejemplo, la colectivización forzada de la agricultura en la URSS, China y el este de Europa).

Esas resistencias múltiples, atravesadas por contradicciones internas, se traducen en luchas específicas por asuntos específicos: contra la construcción de megarrepresas en la India y en América latina; contra los transgénicos; contra las madereras a fin de preservar las reservas forestales para los pueblos indígenas; contra los agronegocios y el uso de agrotóxicos, etc. Harvey cree que la lucha anticapitalista solamente podrá ser exitosa si logra aglutinar las resistencias progresistas locales y particulares a la acumulación por expropiación (que los movimientos comunistas y socialistas tradicionales equivocadamente consideran irrelevantes) con las luchas contra la reproducción ampliada, típicas de la izquierda tradicional. Aun así, considera que la acumulación por expropiación es “la contradicción primaria que hay que enfrentar”[16].

Otro modelo de desarrollo

Volvamos a Rosa Luxemburgo y al párrafo final de La acumulación del capital: “El capitalismo es la primera forma económica con capacidad de desarrollo mundial. Una forma que tiende a extenderse por todo el ámbito de la Tierra y a eliminar a todas las otras formas económicas; que no tolera la coexistencia de ninguna otra. Pero es también la primera que no puede existir sola, sin otras formas económicas de qué alimentarse, y que al mismo tiempo que tiene la tendencia a convertirse en forma única, fracasa por la incapacidad interna de su desarrollo.

Es una contradicción histórica viva en sí misma. Su movimiento de acumulación es la expresión, la solución constante y, al mismo tiempo, la graduación de la contradicción. A una cierta altura de la evolución, esta contradicción sólo podrá resolverse por la aplicación de los principios del socialismo; de aquella forma económica que es, al mismo tiempo, por naturaleza, una forma mundial y un sistema armónico, porque no se encaminará a la acumulación, sino a la satisfacción de las necesidades vitales de la humanidad trabajadora misma y a la expansión de todas las fuerzas productivas del planeta.”[17]

Al decir que el socialismo presupone el desarrollo de todas las fuerzas productivas del planeta, la marxista Rosa Luxemburgo repite mecánicamente la fórmula de Marx, pues en aquella época no podía imaginar el desastre ambiental y social al cual conduce el fetichismo del desarrollo de las fuerzas productivas, que más bien convendría llamar “fuerzas fácticamente destructivas”[18].

En nuestros días, sumidos en una crisis en la que no se pueden disociar los problemas sociales de los ambientales, es posible reconsiderar la tan criticada tesis central de La acumulación del capital desde el punto de vista ecológico. Mientras Rosa Luxemburgo creía que el capital no podría acumularse indefinidamente porque habría límites geográficos para su expansión, hoy su teoría de la acumulación puede ser actualizada a partir de la idea de los recursos limitados. Esto es: independientemente de si el capitalismo está dotado de una infinita flexibilidad, del poder de reproducirse infinitamente (interrogante para el cual no hay ninguna respuesta segura), lo que nos interesa es el costo de esa expansión, la hipoteca que deja, en términos sociales y ecológicos.[19]

Llegamos así a una de las cuestiones clave de nuestros tiempos: ¿qué modelo de desarrollo queremos para América latina? El actual modelo de “acumulación por expropiación” (o de “consenso de commodities”), basado en un padrón económico extractivista orientado a la exportación de commodities, supone un “intercambio ecológico desigual”, en el que los países del Sur abastecen a las economías del Norte con materias primas baratas, contribuyendo así a mantener bajo el costo de reproducción de la fuerza laboral.[20]

Además, conlleva prácticas agrícolas no sustentables: la expansión de monocultivos, el uso de agrotóxicos que degradan los suelos, la deforestación, los residuos tóxicos, la destrucción de la biodiversidad, el desperdicio y la contaminación de los recursos hídricos, los riesgos para la seguridad alimentaria, el aumento de los precios de los alimentos.

En los debates que se dan en un sector de los movimientos socio-ambientales se critica el padrón consumista impuesto por el capitalismo y se defiende un modelo de desarrollo alternativo que una los saberes locales -muchos de origen campesino e indígena- con las contribuciones de la tecnología, siempre que se adapten a un modo de vida justo, igualitario y ecológico. Un ejemplo es la idea del “buen vivir” que, después de un proceso de amplia participación social, fue introducida en las constituciones de Ecuador (2008) y de Bolivia (2009).[21]

Se trata de un planteo complejo, proveniente de las tradiciones y valores de los indígenas andinos y que consiste básicamente en un nuevo modelo de vida centrado en la integración armoniosa de la sociedad y la naturaleza. Se manifiesta así como una opción a la concepción occidental de progreso, basada en un crecimiento sin límites y en ignorar las externalidades negativas, tanto sociales como ambientales. Existe un amplio consenso acerca de que el concepto del “buen vivir” está en construcción y, por lo tanto, en disputa.[22]

Según uno de sus simpatizantes, constituiría “la contribución específica que los pueblos originarios de Abya Yala [América] ofrecen para la construcción de una nueva civilización” y podría ser traducida, en términos occidentales, por la expresión “eco-socialismo” (Michel Löwy, Joel Kovel) o “socialismo del buen vivir” (Boaventura de Souza Santos).[23]

Por supuesto no podemos olvidar los problemas que enfrenta una concepción perteneciente a as comunidades rurales indígenas para convencer a la población urbana de su viabilidad.[24] Esta implica muchos desafíos, el mayor de los cuales tal vez sea cambiar el imaginario cultural, que se alimenta de la concepción dominante de progreso y de que una buena vida significa consumo continuo de productos efímeros, programados para volverse rápidamente obsoletos. Para contribuir a desestabilizar ese imaginario petrificado, vale la pena reflexionar acerca de algunas propuestas de acciones concretas que traducen a la práctica el concepto del Buen Vivir o de la buena vida.

En el caso de la América latina, se trata antes que nada de defender alternativas postextractivistas, que implican reducir de manera drástica la exploración de los minerales y de los hidrocarburos, al igual que la práctica de los monocultivos;[25] concebir la energía como un bien común, como parte de los derechos colectivos, y no como mercancía;[26] desarrollar la agroecología en lugar de la agricultura industrial / química. Eso llevaría a una profunda transformación de la vida rural y urbana, pues permitiría una alimentación saludable fruto de una producción agrícola independiente de los agrotóxicos, orientada al mercado interno y local, y que –a su vez– eliminaría una de las mayores causas del efecto invernadero: el transporte aéreo de alimentos por todo el mundo. Esas son las reivindicaciones de los movimientos socio-ambientales en lucha por políticas públicas que permitan pasar de los agronegocios a la agroecología.

Tales medidas posibilitarían una vida digna en el campo que, además de la infraestructura básica, contaría con salud, educación y cultura.[27] Para tales movimientos, en eso consisten el progreso y la modernización. Tanto el capitalismo como el marxismo productivista, ambos adeptos al desarrollismo “fósil”, justifican la destrucción de las culturas indígenas y campesinas como el precio a pagar por la modernización y el progreso. No es el caso de Rosa Luxemburgo, quien en varios pasajes de su obra cuestiona ese tipo de modernización como alternativa a ser puesta en el lugar de las culturas primitivas:

“Para los economistas y políticos burgueses los ferrocarriles, las cerillas suecas, el alcantarillado y las tiendas representan ’progreso’ y ’cultura’. Estas obras por sí mismas, implantadas sobre condiciones económicas primitivas, no representan ni civilización ni progreso, pues se pagan al precio de la ruina económica y cultural de los pueblos, que han sufrido a un tiempo todos los padecimientos y todo los horrores de dos épocas: la de las relaciones de dominación de la economía natural tradicional y la de la más moderna y refinada explotación capitalista.”[28]

En una carta a su amiga Sonia Liebknecht, Rosa recuerda la intensa emoción que había sentido, en su tiempo de estudiante universitaria en Zúrich, al leer un estudio sobre las culturas económicas primitivas que describía la expulsión sistemática de los indígenas norteamericanos de su propio territorio por los europeos. Se sentía desesperada “no solo porque fue posible, sino también porque no hubo venganza, castigo o revancha.

Yo temblaba de dolor porque aquellos españoles, aquellos anglo-americanos ya estaban muertos y putrefactos hacía mucho tiempo y ya no se los podía despertar para someterlos a ellos mismos a los martirios que causaron a los indios. Pero esas son ideas infantiles, y así también los actuales pecados contra el Espíritu Santo y toda la indignidad se perderán en el desorden de las cuentas históricas no saldadas […].”[29]

¿Será que, una vez más, la expropiación de los sectores rurales subalternos se perderá “en el desorden de las cuentas históricas no saldadas”? ¿O será que ahora, en función de la crisis ecológica, los “atrasados” pueblos originarios conseguirán finalmente vengarse de la modernidad capitalista y llevar adelante su concepto del buen vivir? Esta es una pregunta cuya respuesta todavía no tenemos.

[1] Rosa Luxemburgo, La acumulación del capital (pdf), p. 176 s.

[2] Idem, p. 177.

[3] Die Akkumulation des Kapitals oder Was die Epigonen aus der Marxschen Theorie gemacht haben – eine Antikritik [La acumulación del capital o lo que los epígonos hicieron de la teoría marxista: una anticrítica] En: Rosa Luxemburg, Gesammelte Werke 5, Berlín, Dietz Verlag, 1985, p. 431.

[4] Paul Singer, A teoria da acumulação do capital em Rosa Luxemburg. En: Isabel Loureiro y Tullo Vigevani (eds.), Rosa Luxemburg, a recusa da alienação, op. cit., p.85. También Mário Pedrosa, quien considera que el abordaje de Rosa Luxemburgo tenía una “profunda originalidad”, entiende que para ella, el imperialismo era “el primer acto de nacimiento del capitalismo” (Pedrosa, op. cit., p. 69).

[5] Op. cit, p. 17.

[6] Cf. Fritz Weber, Implicaciones políticas de la teoría del derrumbe de Rosa Luxemburg. En: J. Trías, Monereo (org.), Rosa Luxemburg – actualidad y clasicismo, El Viejo Topo, sin año, p. 54

[7] A crise mundial do imperialismo y Rosa Luxemburgo, Rio de Janeiro: Civilização Brasileira, 1979

[8] David Harvey, O novo imperialismo. San Pablo: Loyola, 2004

[9] Rosa Luxemburgo, La acumulación del capital, op. cit., p. 224.

[10] Ibidem.

[11] Harvey, op. cit., p. 122.

[12] Idem, p. 123.

[13] Ver Camila Moreno, Las ropas verdes del rey. En: Miriam Lang, Claudia López, Alejandra Santillana (eds.), Alternativas al capitalismo/colonialismo del siglo XXI, Buenos Aires: Fundación Rosa Luxemburgo, 2013.

[14] Ver Maristella Svampa, Consenso de los commodities, giro ecoterritorial y pensamiento crítico en América Latina, OSAL (Buenos Aires: CLACSO), año XIII, n° 32, noviembre de 2012.

[15] Eduardo Gudynas, Estado compensador y nuevos extractivismos. Las ambivalencias del progresismo sudamericano. En: Revista Nueva Sociedad, nº 237, enero-febrero de 2012. Disponible en línea: www.nuso.org

[16] Harvey, op. cit., p. 144.

[17] La acumulación del capital, op.cit., p. 232.

[18] Michael Löwy, O que é ecossocialismo?, San Pablo, Cortez, 2014, p. 49.

[19] Véase Armando Fernández Steinko, Rosa Luxemburgo, una teórica de los recursos limitados. En: Trias, J; Monereo, M. (eds.), Rosa Luxemburgo – Actualidad y clasicismo, Barcelona: El Viejo Topo, 2001, p. 67. Y también Ulrich Brand y Markus Wissen, Crisis socioecológica y modo de vida imperial. En: Lang, López y Santillana (eds.), op. cit, p. 456. En El fin del capitalismo tal y como lo conocemos, Barcelona: El viejo Topo, 2012, Elmar Altvater defiende la tesis de que el capitalismo, cuya expansión es inseparable del uso de energías fósiles, está llegando a límites infranqueables, no en virtud de sus contradicciones y crisis internas, sino más que nada por los límites mismos de los recursos naturales.

[20] Lang, López y Santillana (eds.), op. cit., p. 462.

[21] La Constitución ecuatoriana reconoce, además, los derechos de la naturaleza.

[22] Véase Maristella Svampa, op. cit., p. 24.

[23] François Houtart, El concepto de sumak kawsay (buen vivir) y su correspondencia con el bien común de la humanidad. En: http://www.justiciaypazcolombia.com/IMG/pdf/buen_vivir.pdf; Thomas Fatheuer, Buen vivir, A brief introduction to Latin America’s new concepts for the good life and the rights of nature, Heinrich Böll Foundation, 2011.

[24] Para una discusión sobre la apropiación urbana del buen vivir en Bolivia, cfr. Mario Rodríguez Ibáñez, Resignificando la ciudad colonial y extractivista. En: Lang, López e Santillana (eds.), op. cit., pp. 249 ss.

[25] Eduardo Gudynas, Postextractivismo y alternativas al desarrollo desde la sociedad civil. En: Miriam Lang, Claudia López, Alejandra Santillana (eds.), op. cit. Este artículo da cuenta de la dificultad, sobre todo en el Brasil, de introducir la discusión de alternativas al desarrollo fundado en el extractivismo en el debate público.

[26] Ver Pablo Bertinat, Un nuevo modelo energético para la construcción del Buen Vivir. En: Lang, López e Santillana (eds.), op. cit., p.170.

[27] Véase la entrevista de Luis Andrango y José Cueva, Una nueva política para el campo. La agricultura orgánica y campesina: saludable, sustentable y generadora de empleo. En: Miriam Lang, Claudia López, Alejandra Santillana (eds.), op. cit.

[28] Rosa Luxemburgo, La crisis de la socialdemocracia, Fundación Federico Engels, Madrid, 2006. Disponible en línea (29/08/2017) http://www.omegalfa.es/downloadfile.php?file=libros/la-crisis-de-la-democracia.pdf, 123

[29] Carta a Sonia Liebknecht, después del 16 de noviembre de 1917. En: Rosa Luxemburgo, Cartas, vol. 3, San Pablo, Editora UNESP, 2011, p. 310.

*Traducción: Kathrin Zinsmeister; versión original aquí.